Autor: | Categoría: Curiosidades, Transporte por carretera |

Camionero Jochen Dieckmann en viejo DAF

Antiguamente, cuando todo era de madera, las cosas eran mejores.  Siempre que una crisis sacude el sector del transporte, algunos se acuerdan de los buenos tiempos hace unas décadas, donde supuestamente todo era mejor.

Sin embargo, mucho se ha idealizado y adornado a posteriori. Por supuesto, había menos densidad de tráfico, el precio del transporte era más alto y el precio del carburante y del carné de conducir era más bajo, y además la climatología era mejor.  Pero también había muchas cosas que antes no eran tan fantásticas y que parece que hoy han caído en el olvido.

Cuando empecé en 1980 con mi permiso C de conducción de camiones recién sacado, el peso máximo autorizado ya era de 38 toneladas. «Mi» primer DAF tenía unos extraordinarios 280  CV de potencia, lo que significaba que, a la mínima subida, la velocidad se reducía notablemente, aun cuando el pie derecho ya llegaba hasta el cárter.  Por entonces, conducir era muy saludable para fortalecer la musculatura de las pantorrillas y no era difícil entender por qué la denominación alemana de conductor (Kraftfahrer) incorporaba el término «Kraft» (potencia).  El embrague era mucho más difícil de maniobrar y siempre tenías ganas de apretar la palanca del acelerador un metro más para poder avanzar. Con frecuencia se decía:  Prohibido recoger flores mientras se conduce. Por aquella época, por control de velocidad se entendía, en el mejor de los casos, una máquina expendedora de pañuelos de bolsillo.

Quien no frena, pierde

Pero más complicado que la aceleración resultaba la deceleración o frenado. La deceleración por frenado era pésima. Además, no se podía frenar mucho ni con frecuencia, puesto que los frenos se sobrecalentaban con mayor rapidez y acababan fallando. Dicho de otra manera: Tras tres frenados completos, en determinadas circunstancias ya no era posible frenar una cuarta vez.

También era necesario reajustar a menudo los frenos. De lo contrario, podía ocurrir que saltara una excéntrica del freno de tambor y te empezara a salir humo del calcetín.  La lubricación central estaba reservada a los vehículos espaciales. En el caso de los camiones, los sábados tocaba sacar el mono y la pistola engrasadora.

Como mínimo el 95 % de los camiones no tenían techo alto.  Y antes era más frecuente que hubiera dos conductores en la cabina. Hoy, uno no se puede ni imaginar lo estrecha que se hace una cabina sin techo alto con dos ocupantes. No había ralentizador de frenos, solo un freno de escape accionado con el talón. En cuanto al aire acondicionado, solo se conocía de oídas.  Se decía que en EE. UU. tenían un sistema así en las casas.

Un continente lleno de barreras

Para cruzar las fronteras, incluyendo la de los Países Bajos o Francia, había que contar con 1-2 horas. Debían expedirse previamente los documentos aduaneros T2, además de comprobar el estado del diésel antes de salir. Las carrocerías de lona no contaban todavía con sistemas de cortinas. Cuando soplaba el viento, lo emocionante era mover la lona al techo con una de las tablas de madera. Y la lista continúa.

Pero obviamente todo esto contrasta con lo que realmente sí era mejor. De buenas a primeras, me vienen tres detalles a la cabeza. Las ventanas podían abrirse y cerrarse con toda facilidad también cuando no había batería. Para usar la radio, no hacía falta un título de ingeniería. El precio del diésel había subido en la segunda mitad de los setenta, de una media de 44 a 58, pero por aquel entonces, el precio todavía se expresaba en peniques de marco alemán, ¡no en céntimos!

 

Otros artículos de su interés:

“Todo el mundo quiere la mercancía, pero nadie quiere el camión”

El lenguaje secreto de los camioneros



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *